Fin de año 2018. Discurso del Dr. Santiago Quarneti

El viernes 14 de diciembre se celebró en el parque del Colegio, la cena de camaradería como culminación del año 2018. El discurso pronunciado por el Sr. Presidente del Colegio, Dr. Santiago Quarneti se inició con el deseo de repensar el futuro con la mirada puesta en el presente y concluyó con un voto que nos es inescindible: abogar, siempre.
Sábado, 15 Diciembre, 2018
Fiesta fin de año 2018
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Fiesta de camaradería, fin de año 2018

Acompañados por la presencia de una audiencia que colmó las instalaciones y de calificadas visitas - el Sr. Presidente de la Cámara Federal de Casación Penal, Dr. Diego Barroetaveña, el Jefe de la Policía Federal Argentina, Dr. Néstor Roncaglia, el coordinador de la Dirección Nacional de Modernización Judicial, Marcelo Treguer, el Sr. Presidente de la Caja de Previsión Social para Abogados de la Provincia de Buenos Aires, Dr. Daniel Burke, el Presidente del Colegio de Magistrados del Departamento Judicial de San Isidro, Dr. Nicolás Ceballos, representantes de Colegios profesionales, autoridades académicas locales, representantes de los municipios que integran el Departamento judicial, como también de Consejeros y autoridades del Tribunal de Disciplina, del Tribunal de Arbitraje, Departamentos y Comisiones del propio Colegio y respectivos delegados-, la fiesta se celebró en un clima de alegre camaradería que culminó con un brindis de buenos augurios para todos los presentes.

A continuación, el discurso que pronunció el Sr. Presidente del Colegio, Dr. Santiago Quarneti.

"Estimadas y estimados colegas.
Espero que nuestra tradicional cena de camaradería de fin de año tenga para todos un significado especial.
No sólo por el hecho de poder festejar juntos una vez más, y menos aún porque este sea el momento del año en que evaluamos la marcha de las cosas que nos preocupan a los argentinos en general y a los abogados en particular.
Sino porque lo que deseo para todos es que hoy comencemos a repensar el futuro con la mirada puesta en el presente.
Quisiera que hoy, 14 de diciembre de 2018, este grupo de profesionales deje de pensar en cuántos años de tal o cual política necesitaría el país para revertir tantos años de decadencia; si lo que nos espera sin duda alguna es el progreso y la modernidad; si somos un país destinado al éxito; o –como también decimos con la misma ciega, pero contraria convicción- que estamos irremediablemente destinados al fracaso.
Creo que la idea de futuro como promesa o como catástrofe, nos inhibe pensar el presente. El presente se nos torna insoportable, salvo que vivamos con la ilusión que “las cosas van a cambiar”, para mejor o para peor. Los argentinos vemos el vaso medio lleno o medio vacío según nos convenga. Si la causa de los cuadernos logra superar la fatídica época de corrupción político institucional y empresarial de la obra pública ó si la relación con el FMI seguirá sumando pobres y disminuyendo los ejercicios económicos de nuestro comercio y de nuestra industria.
Si –más allá del imperecedero discurso de campaña de Alfonsín- entendimos con el tiempo, que con la democracia no se come, no se cura ni se educa, me pregunto cómo a 35 años de haberla recuperado, aún no hemos reconocido que así como tenemos el derecho a ser oídos y a que sean escuchadas y publicadas nuestras ideas, nos cuesta asumir que idéntico derecho tiene el otro y la responsabilidad compartida de escucharnos y respetarnos recíprocamente.
Treinta y cinco años de democracia ininterrumpida debe ser motivo de festejo y de confianza en el futuro.
Argentina es un país que posee tolerancia racial y religiosa. Cuenta con una sociedad civil activa, que colma las calles con sus reclamos cuando percibe que son justos. Un país sin hambrunas. Un país que en más de un siglo y medio no sufre una guerra civil. Un país que juzgó y condenó a los criminales de lesa humanidad, como paradigma ejemplar en el mundo, consecuencia de una valiente decisión político judicial y la tenaz lucha de familiares y organismos de derechos humanos.
Aun así, y casi como en contraposición, es en esta democracia argentina donde los ciudadanos nos hemos compelidos a tolerar -de manera casi sorprendente- errores, mentiras y trapisondas de gobernantes, dirigentes y jueces en una escala de difícil comparación con otras latitudes.
Si respetamos –en líneas generales el estado de derecho- ¿somos consecuentes cuando los derechos y garantías constitucionales y convencionales no se cumplen? ¿Nos cuestionamos cuando los derechos humanos de víctimas y victimarios son pisoteados por procesos judiciales eternos, cárceles inmundas y comisarías que son trampas mortales?
Si ningún proceso de toma de decisiones es perfecto, como dijo Rawls: “el criterio fundamental para juzgar cualquier procedimiento de toma de decisiones es la justicia de sus probables resultados”.
Y es allí donde percibo el punto de encuentro. Donde nosotros abogados y abogadas debemos enfocarnos. Porque los principios inalienables del derecho al voto y de igualdad nos conducen a aceptar que tenemos desacuerdos, que vemos el mundo de distinta forma, que lo que para mí es un derecho que merece una alta protección del Estado –como lo es por ejemplo el derecho a una vivienda digna- para otro igual protección merece el derecho de propiedad.
Y aquí lo destacable no es quién tiene razón, sino la forma razonable con que aspiramos a resolver esas diferencias.
Para Lorena Moscovich, doctora en ciencias políticas de la UBA y profesora de esa casa y de la Universidad de San Andrés, los consensos de la democracia argentina siempre fueron postraumáticos.
Así, el consenso de la democracia se logró luego de una cruenta dictadura. El consenso en controlar algunos parámetros importantes de la macroeconomía se logró después de la hiperinflación. El consenso de la integración social se logró después del 2001, con una pobreza del 50% y con la gente en la calle. El consenso de la igualdad de la mujer, se está logrando a costa de femicidios, abusos, violaciones y niveles de violencia familiar altísimos.
Entonces ¿Cómo logramos hacer política pública en la Argentina?
Con hechos traumáticos, pero también –como señalé- con una sociedad civil activa que empuja a la clase política y al poder judicial que lucen la mayoría de las veces ensimismados, víctimas del corto plazo y de su propio conservadurismo.
Es allí en donde los abogados y los Colegios tenemos un rol fundamental.
Nosotros, colegas, honrando el rol social que ejercemos, debemos asumir ese compromiso con nuestras instituciones y con la sociedad.
Tenemos que luchar por la colegiación y participar en ella activamente.
El Colegio de Abogados de San Isidro no es grande. Es inmenso. Es un gigante.
Y son muchísimas las actividades que aquí desarrollamos. Desde las propias funciones que le impone la ley 5177 hasta ser ejemplo en el país por el férreo trabajo de su área social, por la excelencia de su área académica, por haber sido el primer colegio de abogados del país en tener un instituto de derechos de la mujer, un primer instituto de derechos humanos, por su biblioteca, por sus comisiones, por su compromiso en la comunidad por los que más sufren, por su presencia permanente en el Colegio de Abogados de la Provincia de Buenos Aires, en la Federación Argentina de Colegios de Abogados, en la Caja de Previsión Social, en el Consejo de la Magistratura.
Es tanta la actividad que se despliega día a día, que necesitamos más que nunca de todos y no sólo de unos pocos.
La institución necesita de más abogados y abogadas que la nutran, asumiendo un compromiso y un rol más participativo. En este llamado incluyo especialmente a los jóvenes colegas que nos contagian con su entusiasmo, pero también a los colegas de dilatada trayectoria que, llegados a la edad jubilatoria, nos brindan su mirada crítica y constructiva, y nos ayudan a abrevar del caudal de su experiencia.
La colegiación defiende valores –ante todo la ética, el diálogo, el disenso, la apertura, la solidaridad, la independencia- que ayudan a fortalecernos, a vincularnos y a superarnos.
De allí mi reconocimiento y agradecimiento a la totalidad de los miembros del Consejo Directivo, del Tribunal de Disciplina, de las áreas, de las comisiones. Mi reconocimiento y agradecimiento personal también a nuestros delegados y delegadas, a los directores de la Caja, a nuestro personal que con más o menos tiempo en el Colegio me han enseñado que entre todos –como equipo- podemos superar las diferencias encontrando el camino del diálogo y de la construcción de la confianza en el otro. A los colegas que nos acompañan día a día con su crítica y con su reconocimiento.
Los abogados debemos reivindicar nuestra misión: la de defender. Defendamos la libertad de defender y sigamos luchando para que esa libertad sea real y equitativa, luchando por nuestros intereses; luchando por un mejor Poder Judicial; luchando por una mejor política; luchando por una sociedad justa y solidaria.
Me produce una enorme alegría que éste presente nos encuentre celebrando una vez más juntos.
Deseo que tengamos una gran noche, una fiesta divertida, una feliz navidad y un 2019 lleno de ganas de comprometernos y de abogar.
Siempre, de abogar. Muchas gracias.

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